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Cultura y memoria "a la contra"
[Libro]

Cultura y memoria \"a la contra\"

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Fecha de Alta: martes 28 noviembre, 2017

por Mauro Mera

La aparición de este libro, del que nos ocupamos con cierto retraso, representa un esfuerzo digno de admiración en esta época tan exclusivamente centrada en los vaivenes del presente. Libros como éste, que recoge una parte importante de la producción periodística de Haro Ibars, nos obligan a volver a una época, los años de la llamada Transición, donde se pierden los hilos de nuestra maltrecha modernidad. En el rompecabezas de la cultura marginal, underground y ácrata que entonces animaba a una parte de la juventud, Eduardo Haro Ibars ocupaba un lugar señalado.
El prólogo, concienzudo y bien documentado, de la persona responsable de la edición, nos ayudará a situar al personaje en su momento y en su contexto. Escritor y poeta marginal madrileño, compañero de generación de Leopoldo María Panero y Mariano Antolín Rato, hijo del periodista Haro Tecglen, la figura de Haro Ibars estuvo siempre envuelta en la leyenda del malditismo y de la bohemia más sórdida y crapulosa. Seguidor de William Burroughs y Lou Reed, de Aleisteir Crowley y H. P. Lovecraft, de la ciencia-ficción y del surrealismo, del movimiento gay, del punk y de la drug culture heredera de los años sesenta, Haro Ibars recorrió el período histórico que va desde el tardofranquismo hasta la eclosión de la Movida, siempre adoptando la actitud del provocador y del franco tirador implacable, asumiendo una marginalidad que se convirtió poco a poco en su más acabada seña de identidad.
El libro incluye numerosos textos publicados en Triunfo y Tiempo de Historia. El carácter de la mayoría de dichos textos nos confirma lo que ya sabíamos del personaje. A diferencia de otros compañeros de viaje de entonces, Haro Ibars no hizo el recorrido casi tópico de la ilusión política al desencanto que caracterizó el final de los años setenta y que preparó el ambiente mezcla de oportunismo y desesperación propio de los ochenta. En tanto que escritor volcado a una cierta recreación de la estética del mal, con su culto y su fascinación por los héroes negativos, a la manera de su compañero y rival Leopoldo M. Panero, Haro Ibars no necesitó mudar su sensibilidad desde una supuesta esperanza política hacia un derrotismo asumido. En ese sentido, los artículos del año 75 que nos presenta el libro, son tan amargos o desesperados como lo pueden ser cinco años después. Es verdad que después se advierte una visión desengañada y muy crítica con los cambios políticos que se van produciendo en el país, pero esto constituye un mero repunte dentro de una actitud general de desesperanza. Sus simpatías con el movimiento gay o con las luchas ácratas y sus vagas intervenciones reivindicativas son gestos sinceros de alguien que experimentaba en sus propias carnes el azote de una sociedad represiva pero sin que esto implicara un enorme entusiasmo militante.
La paradoja que rodea la vida de Haro Ibars es precisamente esa mezcla de malditismo y compromiso. Si algunos textos del libro podrían asimilarse al talante progre de la época, otros muchos textos contradicen sin duda la visión de izquierda bienintencionada y nos muestran ese lado oscuro y provocador del autor.
La edición de estos textos por la editorial Postmetropolis nos hace pensar en cualquier caso que sus editores buscan llamar la atención sobre el carácter clarividente de Haro Ibars, sobre su radicalidad insobornable, sobre el impulso precursor de muchos de sus apuntes. Por un lado, Haro Ibars denuncia el falso proceso de democratización, pero por otro lado, leyendo muchos de estos textos se tiene la impresión de que no habría ningún programa político que pudiera satisfacer sus demandas. Es esa radicalidad politica teñida de transgresión poética a prueba de bomba que hacen que sus artículos no hayan perdido el interés.
Dejemos a un lado los artículos sobre el surrealismo, el dadá, la generación beat, Artaud, etc. que a pesar del estilo desenvuelto del autor, raramente nos aportan gran cosa. Fijemos nuestra atención en los pequeños textos de “cultura a la contra”, que nos sirven tanto para develar la evolución de la sensibilida de su autor como la de toda una época. No hay que olvidar que Haro Ibars, desde su posición privilegiada de cronista y autor de libros como Gay rock o De que van las drogas no solo era un mero observador de lo que estaba ocurriendo sino que podía tener una influencia sobre las actitudes de una parte de la juventud.
Lo que sin duda podemos reprochar hoy a Haro Ibars son sus veleidades modernas. Igual que otros testigos de su época, Haro Ibars parecía obsesionado con enterrar el período de las esperanzas políticas y culturales de los años sesenta para poder abrazar el punk y la Nueva Ola sin complejos. Era la condición previa para inaugurar la Movida. En algunos de estos pequeños textos el autor se recrea en la nueva época nihilista que se avecina. Se respira el cansancio del poeta asediado por el spleen de la urbe. El decadentismo y las actitudes cínicas parecían ser para él entonces las únicas respuestas adecuadas a la sociedad gris y mecanizada de finales de los años setenta. Y había que ir con los tiempos. Solo quedaba espacio para un carpe diem llevado hasta sus extremos. En algunas páginas Haro Ibars ridiculiza, por ejemplo, a los hippies trasnochados y a todos aquellos incapaces de ponerse a la altura de las exigencias de una época despiadada. Pero aplicándole su propia medicina, podríamos también caricaturizar esa supuesta modernidad que se nos quería imponer. Al fin y al cabo, el decadentismo, la autodestrucción gozosa y el nihilismo eran ya viejos como el mundo en los primeros ochenta. La cultura de la heroína ya lo había dado todo, después de Burroughs, de Trocchi, de Lou Reed, ¿qué más se podía decir sobre la cuestión? ¿Y los travestis, la purpurina, las actitudes frívolas y snobs? ¿Qué tenía eso de innovador? En realidad, el naturalismo y la utopía hippie habían tenido una respuesta casi contemporánea entre los años sesenta y setenta, en Estados Unidos e Inglaterra. No hay que olvidar que Velvet Underground o The Doors son grupos de los años sesenta. Pero no caigamos en el mismo error de continuar esta liza de lo moderno. Lo peor de los escritos de Haro Ibars, a pesar de su negatividad virulenta, y tal vez precisamente por eso, es que ayudaron a preparar esa conciencia volátil y conformista de los años que siguieron. En sus páginas se siente el miedo ante el posible retorno de la ultraderecha, cuando lo que se preparaba más bien era lo que Castoriadis llamó “la ascensión de la insignificancia”. La Movida madrileña fue la fiesta que los medios oficiales pedían para dar una imagen actualizada de España. Esta fiesta constituía una revolución de las costumbres, esa revolución que toda sociedad fundada en el dinero necesita para poder imponer sin trabas el reino de la Mercancía. El compromiso final de nuestro autor con el trotskismo, residuo de una izquierda cascada y desorientada, no añadirán mucha congruencia a los pasos del caído.
A pesar de estas críticas, consideramos la edición de este libro como algo muy útil y necesario. Solo cabe esperar que su difusión y lectura aumente nuestra comprensión sobre el pasado más reciente de nuestro país.

José Ardillo
http://www.lamalatesta.net/culturalibertaria/?p=231

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