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George Woodcock
No existe otra característica en las actuales sociedades occidentales que las distinga más claramente de las primeras civilizaciones, ya sea en Europa o en el Este, que la concepción del tiempo. De la antigua China o Grecia, hasta el pastor árabe o el peón mejicano de la actualidad, el tiempo se ha representado mediante el proceso cíclico de la naturaleza, la alternancia del día y de la noche, el paso de una estación a otra. Los nómadas y los agricultores medían y miden su día desde el amanecer hasta el ocaso, y su año en términos de siembra y siega, con la caída de las hojas y el deshielo de lagos y ríos. El agricultor trabajaba de acuerdo con los elementos, el artesano todo el tiempo que fuera necesario para perfeccionar su producto. El tiempo era concebido como un proceso natural de cambio, y los seres humanos no estaban restringidos en medidas exactas. Por esta razón, las civilizaciones más desarrolladas en otros aspectos, crearon los medios más arcaicos para medir el tiempo: los relojes de cristal, con la caída de arena o las gotas de agua; los relojes de sol, inservibles en los días cubiertos; y las velas o lámparas que se mantenían ardiendo mientras tuvieran aceite o cera, que permitían contabilizar las horas...
Tierra de Fuego, Tenerife 2008 9 págs.
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