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Lev Tolstoi
El libro indispensable para comprender el devenir de la pedagogía y la educación hasta los modelos actuales en todo el mundo. Un acercamiento riguroso al funcionamiento y al formalismo de la actual "escuela" (sus contenidos educativos y sus imposturas pedagógicas, sus objetivos y sus mecanismos de control) y a sus más inmediatas consecuencias en nuestra sociedad y nuestra historia.
El Conde Lev Nicoläievich Tolstoi (1828-1910), quien en 1859, en su finca de Yásnaia Poliana, en la Rusia zarista, funda una escuela para los hijos de campesinos bajo la ideología de que “mientras menor sea la constricción requerida para que los niños aprendan, mejor será el método”. Entre 1857 y 1860, Tolstoi estuvo viajando por Francia, Alemania, Inglaterra y otros países europeos observando métodos educativos, sobre todo activos, de los que tomó ideas que luego aplicó en su escuela. A pesar de haber sido considerado un anarquista pedagógico, junto con sus copartícipes en la escuela: Bakunin, Gorki, Koprotkin, fue de los primeros en poner como centro de atención de la educación a los propios niños: “Dejen que los niños decidan por sí solos lo que les conviene. Lo saben no menos bien que vosotros”.
Decía que la escuela “no educa pastores para rebaños, sino forma rebaños para pastores”. Se trataba de evitar que el autoritarismo del adulto se sobrepusiera a la libertad del niño, favoreciendo la instrucción en contraposición a la educación.
Tolstoi entendía por instrucción a la que “procede de una libre relación entre los hombres, basada en la necesidad, por una parte, de adquirir conocimientos y, por la otra, de transmitir los ya adquiridos”. Decía que la educación pretende “forzar” al niño a asimilar ciertos hábitos morales y es, en una palabra, “una influencia deliberada y coactiva de un individuo sobre otro con el objeto de formarlo” según nuestro criterio.
Por lo anterior proponía el principio de la “no intervención” en educación, sostenía que el maestro debía interesar de veras al alumno sin obligarlo a demostrar un interés que no siente. Todos los alumnos deben tener la misma libertad de escuchar o no a su maestro, de aceptar o no su influencia, porque sólo ellos pueden apreciar si él conoce y ama de verdad lo que enseña.
En relación con los métodos para enseñar la lecto-escritura dejó un aserto que bien pensado, termina, desde entonces, con la discusión de cuál es el mejor: “¿Cuál será el mejor método de lectura y escritura? Pues no hay método mejor ni peor; el mejor será para el maestro el que le sea más conocido. Para enseñar la lectura y la escritura lo más rápidamente posible, habrá que enseñar a cada uno en particular empleando para cada uno un método particular. Lo que se presente a unos como dificultad invencible, no lo es para otros, y al contrario, porque varía de individuos a individuos la fuerza de atención, memoria, reflexión, asimilación, etc.”
Mientras Tolstoi se hizo cargo personalmente de su escuela, las cosas marchaban bien. Parece ser que su gran personalidad motivante le permitía no exigir nada a sus alumnos, ni orden, ni puntualidad, ni silencio, pues al comenzar a hablar sobre algo, todos prestaban atención y exigían a sus compañeros que no los intranquilizaran, “el resorte más eficaz es el del interés, por lo cual considero la naturalidad y la libertad como la condición fundamental y como medida de la calidad de una enseñanza”(5) . Entre sus obras de corte pedagógico se encuentran: Infancia (1852), Adolescencia (1854), Juventud (1855/57) y Los frutos de la instrucción (1889).
Tanto esta escuela, como las demás que forman la corriente de la Escuela Activa en la que se encuentra inserta la propuesta de Tolstoi, se basan en el principio de Rousseau: “Dejar que la naturaleza misma actúe tranquila y lentamente, y velar sólo porque las condiciones circundantes sostengan el trabajo de la naturaleza”.
Editorial Júcar, Biblioteca Júcar de Ciencias Humanas-Pedagogía 55, Madrid 1978 128 págs. Rústica 18x11 cm ISBN 978-84-334-1055-9
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