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Por escribir sus nombres
[Libro]
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Víctor Juan
Colección Narrativa, Aragón 2007
142 pág. ISBN 978-84-96793-03-3

Un profesor que trata de recuperar el pulso de su vida en Huesca –una ciudad recién estrenada para él- se aventura a escribir la historia de amor y compromiso de Paco Ponzán y Palmira Plá, una historia de renuncias y ausencias sostenida durante dos guerras. Escribir sus nombres es su única razón para transitar el tiempo de la incertidumbre y de la tristeza al que le conduce la escritura. "Ramón Acín no pudo resistir la imagen que construía con los sonidos que llegaban desde la habitación de al lado. No hay sufrimiento más cruel que el sufrimiento imaginado. Y salió de su refugio. Allí, en el pequeño habitáculo que le había servido de escondite, quedaron, esparcidos en el suelo, papeles de distintos tamaños con las últimas palabras, con los últimos apuntes que hizo durante los días que estuvo escondido. Y junto a los últimos apuntes, en el suelo, quedó la última pajarita que fabricó, una pajarica que sus dedos hicieron maquinalmente, doblando y desdoblando distraídamente una hoja de papel mientras en su cabeza sonaba La última rosa del verano, la hermosa melodía que acompañaba los giros de la pajarita de la caja de música que encandilaba a Katia y a Sol. Aquella música mezclaba la ternura y la tristeza, la tristeza de la separación y la ternura de los últimos besos. Era una melodía que retrataba la belleza de lo efímero, la necesidad de aprovechar el momento porque todo se pasa casi sin sentir, y porque la belleza es siempre demasiado breve. Era la misma canción que le acompañó durante su exilio del año treinta, tras el fracaso de la sublevación de Jaca, cuando se instaló en París. Tarareaba esta canción cuando al atardecer paseaba por le bois de Boulogne, por los jardines des Tuillèries o sentado en uno de los bancos junto al Sena, en le Quartier Latin, a la sombra de la catedral de Nôtre Dame, cuando acudía a visitar a alguno de sus amigos pintores que se habían instalado allí o cuando dedicaba la tarde a curiosear entre los puestos de los libreros de lance. Ramón Acín miraba el agua mansa del río e imaginaba a Katia y a Sol jugando con la caja de música. Imaginaba sus ojos abiertos y su sonrisa, mientras la pajarica bailaba una danza infinita. Era la misma melodía que le acompañó en aquella celda que compartía con otros cuarenta y siete hombres cuando escribía una carta dirigida a sus hijas, una carta en la que dibujó una palomica que salvaba las rejas de la ventana de la prisión y volaba libre, llevando un mensaje de amor para Katia y para Sol. Somos la música que escuchamos y Ramón Acín proyectaba esa doble mirada sobre la realidad, una mirada melancólica y tierna. Anidaban en su interior la ternura de sus manos acostumbradas a dar vida al barro, al papel, al lienzo, a la piedra y al hierro, y la melancolía, la misma melancolía que despertaba en él el baile de la pajarica al compás de La última rosa del verano. La última. Cuando vieron aparecer a Ramón Acín en la sala, se abalanzaron sobre él, apenas le dejaron respirar. Llevaba puesta una chaqueta de pijama. Por el bolsillo asomaban los lápices de colores que le acompañaban permanentemente, unos lápices que eran sus herramientas y sus únicas armas. No dejó de mirar a Conchita ni un instante, a pesar de los golpes, a pesar de los insultos. La miraba como si ella pudiera leer su mirada y él pensaba que nunca la había amado tanto. Los vecinos que presenciaron cómo sacaron a Ramón Acín y a Concha Monrás de su casa no pudieron olvidar, mientras vivieron, los estremecedores gritos y el llanto de Sol y Katia. No pudieron olvidar su propio miedo, un miedo amargo que atenazaba sus gargantas y les robaba la voluntad. Y tampoco pudieron olvidar su vergüenza al escuchar algunos aplausos, insultos y abucheos. Eran “los buenos vecinos de Huesca” que escribiría Max Aub en La gallina ciega, que celebraban la detención de Ramón Acín. Aquella misma noche del 6 de agosto fue asesinado. Indefenso, solo, apaleado, maniatado, destrozado por el llanto y los gritos de Conchita y de las niñas, mutilados los sueños, sin palabras, con la boca seca y la cabeza a punto de estallarle. Se enfrentó en solitario al grupo de asesinos que lo llevaron a las tapias del cementerio de Huesca. Conocía a todos aquellos hombres convertidos en bestias. Después de tanto dolor, sólo conservaba la dignidad de su mirada. Sonaron los disparos y la sangre se mezcló en la tierra. Se apagó la luz y las manos creadoras se quedaron para siempre quietas y los labios inertes y la mirada rota... Concha Monrás fue fusilada, junto a otros 97 republicanos oscenses, el día 23 de agosto de 1936. Algunos años más tarde, el sepulturero indicó a la familia el lugar preciso donde estaba enterrado Ramón Acín. Cuando exhumaron sus restos encontraron la camisa de pijama que llevaba puesta cuando lo arrancaron de su casa. Por uno de los bolsillos asomaban los lapiceros de colores que eran sus herramientas y sus únicas armas". Fragmento de la novela

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