Cultura Libertaria

Cultura Libertaria

publicación anarquista

La contracultura y el movimiento libertario en la España de los setenta

A partir de Poder Freak de Jaime Gonzalo (Libros Crudos, tres volúmenes)

Se ha dicho en varias ocasiones que la contracultura llegó tarde, mal y nunca a nuestro esperpéntico país. El libro de Jaime Gonzalo insiste sobre la cuestión. Esto es cierto y a la vez no lo es. O por decirlo de otra forma: si nos limitásemos a afirmar eso sin más, dejaríamos en el tintero unas cuantas cosas interesantes.

Ya el mismo Pau Malvido, en su famosa crónica en varios capitulos publicada en Star hacia 1977, recordaba que en fecha tan temprana como es 1967 pululaban hippies entre las islas y la península, muchos de ellos extranjeros en su peregrinaje hacia otros países, India, Nepal, etc. No vamos a volver a contar la historia de lo que pasó en Sevilla a finales de los sesenta, donde como decía Angel Casas, había materia para escribir un libro. Ya el poeta y escritor sevillano Javier Salvago, dejó escrito aquel poema donde evocaba en algunos versos el ambiente underground de la ciudad hacia 1969 (“Todavía el Bar Jardines/conservaba su encanto/primitivo, se hablaba/de Kerouac y del Tibet (…) cada noche/cruzábamos el río/para ir a Don Gonzalo/donde tocaba Smash”). En Barcelona, en Madrid1, en Valencia, existían reducidas capillas que en la clandestinidad experimentaban modos de vida inspirados del underground. En el prólogo a la traducción de Un Coney Island de la mente2, del poeta beat Lawrence Ferlinghetti, Carlos Bauer y Julián Marcos recordaban los reducidos círculos bohemios del Madrid de finales de los sesenta, con figuras como Carlos Oroza3.

El escritor Biel Mesquida escribió unas notas bastante ácidas sobre los intentos de un hipotético homo ibérico -con vocación de escritor- para ponerse al día en cuestiones de droga y cultura underground en un país como España en los años sesenta y setenta. El texto se titulaba “Perversetpolimorfbloq”, y fue publicado en 1976, en el número uno de Viejo Topo, en un dossier sobre drogas y literatura. El texto decía: “En su primer viaje tras el “telón de los Pirineos” se compró una antología de la beat-generation y supo que la marihuana y el LSD podían ser productivos para muchas cosas. Pero con todo esto, Perversetpolimorfbloq todavía no fumó, ni olió, ni se inyectó. Había demasiadas losas sobre él: la paliza paternal cuando le encontraron las sábanas manchadas de esperma, las penitencias sado-ideológicas de los curas por todos sus pecados, las enseñanzas educativo-castradoras de los maestros, la legalidad represora, la normalidad triunfante”.

¿Podía la contracultura, que en el fondo era una exuberante reacción a la sociedad moderna e industrial, desarrollarse en un país todavía anclado en el legado carca impuesto por el franquismo? Los desiguales gestos de afirmación del underground ibérico de la época indican que, a pesar de todo, y bajo las falsas apariencias, la sociedad española de los años sesenta empezaba ya a parecerse a una sociedad de consumo, con todas las limitaciones que podía suponer una economía modesta y un régimen de dictadura.

También hay los que se van a la otra punta, como el musicólogo Guillermo Delis, que basándose en estudios como el de Pepe Lloret4, afirman que en España, ya hacia el año 1966 o 1967, se podía hablar de un pop psicodélico de importancia. Esta afirmación me parece arriesgada y, francamente, los ejemplos que da, desde los Canarios a los Relámpagos, de los Bazos a los Pasos, e incluso de Manolo Diaz o los Pop-Tops, no ayudan a hacer más convincente la afirmación. Digamos que la fiebre psicodélica dejó en aquellos años sus huellas aquí y allá, dentro del país, sin llegar a consolidar una cultura musical propia e independiente. Las condiciones políticas y económicas del país formaban por sí mismas un filtro implacable para desanimar a los más audaces paladines de la experimentación, fuera en la música, en la literatura o en el comic.

En realidad, más que tardía, la contracultura en España antes de 1969 fue una cuestión de grupos muy minoritarios o de determinadas élites.

Es verdad que el año 1969 marca un despertar del movimiento, sobre todo en la música. Y fue a partir de entonces que aparecen por fin grupos que podemos encuadrar dentro del rock y el folk-rock ácido que venía del mundo angloamericano. Los Smash, Gong, Pau Riba, Música Dispersa, Sisa, Máquina… eran ya figuras reconocibles de un auténtico despertar contracultural. El puñado de discos que dejaron entre 1969 y 1972 son una muestra heroica y original, la prueba de que algo se movía en los subterráneos del país. Un esfuerzo por desgracia truncado tanto por la situación peculiar de España como por encontrarse ya la contracultura en una fase de irremediable reflujo.

Este reflujo mantuvo vivas las expectativas hasta que en 1975 la contracultura volvió a renacer, sobre todo en Cataluña, con algunos grandes festivales, nuevos discos, revistas, programas de radio y publicaciones de comic underground. Esta nueva etapa de la contracultura estará muy ligada al renacimiento libertario, constituirá una respuesta de la juventud diferente de la izquierda anti-franquista, y sufrirá un proceso de ósmosis con la cultura punk y barriobajera, hasta que se agotaría, en los años 1979-1980, autodestruyéndose y dejando paso a los años ochenta.

Esta contracultura constituirá un fenómeno nada desdeñable, siendo prácticamente silenciada por la mayoría de los cronistas de la Transición. En libros de autores de izquierda, marxista, como Manuel Vazquez Montalbán (Crónica sentimental de la Transición) o Gregorio Morán (El precio de la Transición) la contracultura de los setenta es ignorada. En el caso concreto de Montalbán, cuando se refiere brevemente al movimiento libertario, es únicamente para denigrarlo. En un libro escrito por dos intelectuales cercanos al PSOE, José Carlos Mainer y Santos Julia, El aprendizaje de la libertad (1973-1986), repleto de referencias a la cultura y pensamiento de aquellos años, la ausencia de la contracultura es abrumadora. Que nosotros conozcamos, el único libro escrito en los noventa que rompe con esa tradición es el de Javier Memba y José Luis Velázquez, La generación de la democracia. Historia de un desencanto. A partir de entonces, han sido sobre todo autores de orientación libertaria (Joan Zambrana, Dolors Marin, Antonio Orihuela, Reyes Casado Gil) los que han rescatado la memoria de otra transición malograda, inspirada por grupos anarquistas, ácratas, afines al underground.

Las secciones que Jaime Gonzalo dedica a la contracultura española en su obra son sucintas. Se limitan a menudo a un rápido recuento informativo, sin entrar en muchas disquisiciones. Pero, justamente, como en su libro se trata de criticar y revisar la Contracultura, merece la pena conocer un poco más en detalle lo que ocurrió en España en los años setenta dentro de los movimientos juveniles, para lo cual basta examinar las derivas de las dos publicaciones señeras, Star y Ajoblanco, que sirvieron de soporte escrito a las inquietudes de toda una generación.

Dado lo exiguo del espacio que le dedica en su libro, Gonzalo se ve forzado a simplificar mucho la cuestión cuando habla de Star y Ajoblanco. Su posición no puede ser totalmente imparcial ya que el formó parte de la redacción del Star en su última etapa. Pero no creo que esto sea un obstáculo para valorar lo que dice. La imparcialidad total no puede existir, por suerte.

Como se sabe, ambas publicaciones tenían muchas cosas en común. Nacieron en el mismo ambiente bohemio barcelonés, underground, heredero de lo que había pasado en América en los años sesenta. Aparecieron en el mismo momento, año 1974. La dos eran empresas de capital modesto y sus publicaciones llegaron a los kioskos, sufriendo la presión y la represión de la censura franquista. Entre ambas formaron una base escrita para dar voz a otra oposición que se perfilaba entre la juventud del momento, una oposición que iba más allá de la crítica del franquismo y que aspiraba a trascender los estrechos márgenes no solo de la sociedad española sino de la sociedad en general. Esta oposición más bien ácrata, descreída, transgresora, no esperaba gran cosa del proceso de aperturismo democrático que abría la desaparición del dictador. Como lo diría Jesús Ordovás desde su columna de Disco Exprés, nuestros rollos no cabían en la estrecha rendija de sus urnas. El sueño estaba en otra parte.

Pero entre las dos revistas había una diferencia marcada. Ajoblanco nació con un espíritu transformador y estaba respaldada por un colectivo que mezclaba lo artístico con lo político. Detrás de Star nunca hubo un verdadero colectivo, sino más bien la voluntad de su director, Juan José Fernandez, y un grupo de amigos y colaboradores que sostenían y alimentaban el proyecto. Star siempre fue la ventana por la que asomarse a otra realidad marginal, oculta, maldita. Ajoblanco pretendía ser la puerta que se abriera a otra sociedad diferente. Si en Star había una voluntad de malditismo y apostaba por las líneas más transgresoras de la contracultura, Ajoblanco pretendía apoyarse poco a poco sobre las propuestas más constructivas del movimiento contracultural. Sin embargo, simplificaríamos mucho la cuestión si creyésemos que estos dos aspectos se dieron de una forma perfectamente delimitada. En la primera etapa de Ajoblanco hubo mucho de la transgresión propia de la contracultura, mientras que en el Star subsistieron durante bastante tiempo elementos utópicos e idealistas también pertenecientes a la contestación del momento. En efecto, la contracultura siempre tuvo esas dos facetas, la negación y la afirmación, y es difícil encontrarlas en estado puro. Muchos de los textos que aparecieron en Star podrían haber sido incluidos en el Ajoblanco y viceversa. Por poner un ejemplo, el escándalo que produjo Ajoblanco con su dossier sobre las fallas valencianas tiene un sabor típicamente contracultural5. Igualmente, la famosa crónica sobre los años hippies que Pau Malvido publicó en Star bien pudiera haber sido publicada en Ajoblanco.

Como en todos los ambientes culturales de cualquier época, en la Barcelona underground existían rivalidades y rencillas personales que desbordan los meros debates de ideas y eso explica también una cierta desconfianza que se instaló entre las dos revistas. No es exacto, como lo indica Gonzalo, que, a diferencia de Star, Ajoblanco fuera una revista para progres. En primer lugar, ambas publicaciones compartían bastantes lectores. En segundo lugar, y a no ser que queramos definir como progre a alguien vagamente de izquierdas, los progres en la España de los setenta eran más bien gente ligada a la oposición anti-franquista, a los diferentes partidos marxistas, a la poesía social y a la canción de autor-protesta. No digo que no hubiera algún progre que leyera Ajoblanco pero las temáticas presentadas por la revista desbordaban con mucho la cultura propiamente progre. Un progre de la época leía más bien Cuadernos para el Diálogo o Triunfo6. En cualquier caso, debido a la presencia de intelectuales acomodados como Racionero y Ragué, la revista podía causar la desconfianza y el rechazo en ciertos ambientes. El periodista Luis Vigil, que escribía para Star, reprochaba a Ajoblanco, por ejemplo, su elitismo7.

La revista Star tenía un indudable atractivo porque daba a conocer muchas referencias de literatura, música, comix y drogas que podía interesar a la juventud hambrienta de emociones y con ganas de retomar el hilo con una tradición de ruptura. Además tenía el aliciente de poseer una colección de libros, con clásicos de la contracultura, la legendaria Star Books. Por su parte, Ajoblanco, que comenzó como revista de agitación artística y cultural, fue poco a poco afirmándose como publicación libertaria y ecologista, sin abandonar nunca del todo el informalismo contracultural.

Contar la historia de ambas publicaciones resulta imposible en el espacio de unas pocas páginas pero basten estas pinceladas para situar un poco mejor al lector. La evolución de ambas publicaciones con respecto a la contracultura es significativa de los cambios que iban a producirse en los años siguientes. A finales de 1976 el colectivo Ajoblanco se había enriquecido ya con elementos muy diferentes. Por un lado estaba el renacimiento libertario y el resurgimiento de la CNT al que Ajoblanco se sumó. Por otro lado, estaba la incorporación de redactores como Santi Soler y J.J. Fernandez, muy influidos por el marxo-situacionismo. Al lado de eso estaba la influencia de algunos ecologistas, que formarían el grupo TARA, y que durante todo el año siguiente tendrían un gran peso en la revista. Finalmente, había otras influencias de colaboradores libertarios, interesados en la anti-psiquiatría, el naturismo, el movimientos de presos en lucha, el feminismo… Ajoblanco era un hervidero de personalidades e influencias, a veces enfrentadas. Su pluralidad podía ser tanto su fuerza como su debilidad pero no cabe duda de que la revista, en 1977, alcanzó un gran protagonismo entre la juventud libertaria.

A principios de 1977, Ajoblanco sacó a la calle su dossier sobre la “muerte de la contracultura”. Fue un número sonado. Es una pena que Gonzalo, en su libro, no se detenga en el asunto, ya que el pequeño revuelo que provocó está en el centro del debate que su libro plantea. Desde el pluralismo que caracterizaba a la publicación, los puntos de vista que se expusieron en el dossier remataban la sensación de cansancio que desde hacía años rodeaba el fenómeno editorial y mediático de lo underground8.

Es necesario señalar la importancia de un año como 1977. En España pronto se celebrarían las primeras elecciones del período post-franquista. Fue el año también en que empezaban a llegar las primeras ondas sísmicas del movimiento punk. A la vez, marcó el apogeo de la ascensión libertaria, sobre todo en Cataluña.

En el dossier publicado a comienzos de ese año, se pueden leer muchas críticas que anticipan, con cuarenta años de antelación, las de Gonzalo. De entre ellas, destaca la de Pepe Ribas, que en su largo texto, “Apuntes para salir del laberinto”9, cuajado de citas de autores anarquistas, sienta ya las bases de lo que sería la evolución inmediata de la revista. En general, los otros textos, con mayor o menor ironía, ferocidad o ternura, daban por acabado el período contracultural. Se admitía en buena medida lo que de positivo podía haber tenido el fenómeno, admitiendo no obstante que su recuperación por la sociedad bienpensante era ya un hecho consumado desde hacía años. Se imponía pues un golpe de timón.

Desde las páginas de Star el dossier fue duramente criticado por Pau Malvido, que en esos momentos comenzaba su crónica, en varios capítulos, sobre el movimiento underground en Barcelona. Otro colaborador habitual de Star, el crítico de rock Diego Manrique, escribió en su columna de Triunfo que Pau Malvido había decidido “replicar al certificado de defunción de la contracultura alegremente extendido por los señoritos de Ajoblanco”10. Para Malvido, los redactores de Ajoblanco eran unos snobs aburguesados, sin ninguna credibilidad para pronunciarse sobre tan trascendental cuestión, y mucho menos de manera tan tajante.

Que el debate tuvo su repercusión lo prueba que incluso varios representantes del uderground ibérico, entre ellos algunos miembros de Star y Ajoblanco, fueron invitados a un programa documental de televisión que intentaba hacer luz sobre el debate. Al lado de un Luis Vigil11, de la revista Star, que se negaba a admitir la muerte de algo que en España no había existido nunca, se podía ver al director de la misma publicación, el ya citado J. J. Fernandez, pidiendo que no acabara el “chollo de Star y Ajoblanco”-en una pose cínica y provocadora que se convertiría por algún tiempo en la marca de fábrica de Star.

En efecto, frente a la radicalización política de Ajoblanco, su apoyo a una utopía social concreta,la “solución” para Star, inspirada por su director, que hacía de antena de las pulsaciones más nihilistas que surgían en la calle, era tanto la provocación como la desesperación más acabada. No había nada en lo que creer, no quedaban sueños ni mitos, solo gritar mierda a la cara de la sociedad: coger la pasta y salir corriendo. Se anunciaban ya, en aquel invierno de 1977, los primeros acordes del movimiento punk.

La respuesta de Ajoblanco no se hizo esperar. En su número de mayo, dentro de la editorial, se puede leer: “En otro orden de cosas, denunciamos ese intento por parte de nuestra derecha, de insistir en nuestro léxico contracultural. ¡Puñetas!, es que no quieren entender que fuimos nosotros los que dijimos claramente que la contracultura ha sido absorbida por los reaccionarios, los pasotas, los elitistas y los Zeleste´s12. Basta y a por otra cosa más brava, más auténtica, más libertaria. Ni subterráneos, ni undergrounds. No tenemos nada que ver con los “passats-divin’s del Star”, ni con los pesados confusionistas del Viejo Topo (vulgo paliza). (…) Nuestra onda está aquí, en el hoy, en la alternativa de fábricas y campesinos, en la autogestión, en la demo-a-cracia, en los ateneos libertarios, en la fiesta, en las asambleas, en las comunas federadas, en la anarquía integral, y en la PRACTICA.”

Claro, para muchos freaks, pasotas y gente del rollo en general, este tipo de declaraciones podían sonar muy pretenciosas o muy ingenuas, pero no cabe duda de que Ajoblanco se había convertido en la caja de resonancia de un movimiento anarquistas y ecologista que estaba dispuesto a protagonizar el espacio público. En febrero, Ajoblanco había sacado un especial, montado por el grupo TARA, sobre las energías libres que, visto en retrospectiva, es un notable documento de ecología radical, anticipador de una crítica de la sociedad industrial en unos términos que durante veinte o treinta años fueron ignorados por movimientos ecologistas que vinieron después.

Los de la revista Star, a su vez, no se quedaron cortos, y en su número de mayo, el número 26, si no nos equivocamos, sacaron su célebre portada “Contra todo y contra todos”, mientras que en su editorial se desmarcaban de todas las revistas marginales del momento y anunciaban que ya no tenían nada que ofrecer a los buscadores de utopías: “Por eso podemos decir que Star ya no es para la gente que piensa en que las cosas cambiarán, en la gente que aún conserva las ilusiones & utopías, en la gente que cree en la otra gente. Creemos sinceramente que después de tres años, Star es para el individuo que ya no le queda nada, solamente un vacío en su interior. Que por supuesto Star no va a llenar pues nosotros estamos también vacíos.” En este número 26, de forma significativa, aparecían textos como el de Manrique, donde ironizaba sobre el aspecto comercial y adocenante de los conciertos de rock, una entrevista a Ginsberg que era presentada como muestra de su senilidad y su nueva pose de santón13, otro texto contra la cultura como espectáculo, otra contra la Universidad, y un comix colectivo donde se ridiculizaba al mismo director de Star y a la contracultura como negocio. Pero, todo esto, que se proponía como insobornable lucidez ¿no era justamente lo que Ajoblanco había decidido dejar atrás? El Star, al querer seguir jugando la baza del cinismo, al estilo de un Zappa, vendiendo la revuelta y reconociendo al mismo tiempo la estafa, ¿no pretendía seguir tirando de una cuerda de la que ya se había tirado hasta la náusea?14

El verano de 1977 marcó pues una bifurcación irremediable. Se organizaron las Jornadas Libertarias en el Parque Guell, con el apoyo de Ajoblanco, una especie de pequeño Woodstock, como algunos con humor lo han llamado, del movimiento libertario, que durante algunos días de julio reunió a cientos de miles de jóvenes. Es significativo que en setiembre, a la vuelta del verano, la revista Star no haga el más mínimo comentario sobre el evento y en lugar de eso el número esté casi exclusivamente compuesto por las aventuras… del gato Fritz! ¿No suponía esto una provocación llena de ironía por parte de Star? No se les puede negar gracia en su forma de tomar el asunto, es como si dijeran: nosotros a lo nuestro. Pero la cosa no queda ahí: el número contenía también un homenaje al periodista Claudi Montanya, que ese verano había sido encontrado muerto en un hotel de las Ramblas. Montanya era muy conocido en el medio periodístico underground y cultural. Colaboraba con Vibraciones, con Viejo Topo y, claro, con la revista Star (incluso en un principio con Ajoblanco) Sus colaboraciones con Star habían sido siempre especialmente elegíacas y llenas de una cierta melancolía, un lamento por un tiempo ido, justamente el de la época anterior, los años sesenta, la época de la revuelta. En ese sentido su desaparición, su suicidio, tenía un gran simbolismo, máxime cuando se producía en aquel verano lleno de promesas de cambio, en unas Ramblas llenas de libertarios y utopistas. En su número los de Star, de alguna forma, hacen suyo el sucidio de su amigo, y el incendiario Oril Llopis le dedica una esquela-editorial donde afirma el coraje de los que se dan muerte a sí mismos, una solución lúcida que no está al alcance de todos, en una sociedad donde lo más fácil es ir tirando. Ejemplar.

La obstinación de Star, su cierre en banda frente a un posicionamiento claro frente al hecho de la dominación política, implicaba tanto una negativa a aceptar que el ciclo de la contracultura había concluido como un rechazo a ese paso del “yo al nosotros” que Ajoblanco podía proponer. La revuelta introspectiva y existencial propuesta por Dylan hacia 1964-65, en canciones como “My Back Pages” o “It’s allright ma”, y que abrían la edad de la afirmación del individuo frente a los chantajes del superyo social15 ¿podría finalmente dejar paso a un movimiento radical que integrara esas preocupaciones en algo más solidario y constructivo? ¿Quién no se ha desgarrado en esa disyuntiva alguna vez? La contracultura norteamericana hundía sus raíces en la edad de oro de su literatura, Melville, Whitman, Thoreau, y de ahí sacaba parte de su fuerza orgullosamente individualista. Los de Star, justamente, habían reeditado Walden de Thoreau, en su colección de libros, pero el individualismo filosófico y moral de Thoreau, ¿no podía ser una invitación a revisar nuestra experiencia de la sociedad y de la naturaleza desde otro ángulo que merecía la pena explorar? Star se estaba alejando demasiado rápido de sus propios orígenes, dejándose arrastrar más por el orgullo, o por la comodidad, que por una verdadera convicción. Al fin y al cabo, podríamos pensar, para ellos se trataba de poder seguir vendiendo underground. Si antes fue Dylan ahora sería Johny Rotten.

En ese aspecto, un freak y utopista social como Pau Malvido se había colocado en una situación un tanto incongruente al atacar a Ajoblanco desde Star. Las ideas de Malvido tenían más que ver con lo que Ajoblanco estaba desarrollando que con el espíritu de Star. Su proyecto Tri-Co-Co, una especie de coordinadora de cooperativas y grupos independientes confluía, en muchos aspectos, con el impulso ajoblanquista. De hecho una pequeña nota sobre el proyecto de Malvido se publicó en el número de junio de Ajoblanco, “Contra la comida de coco… Tricoco. Por una federación solidaria de tribus, comunas, cooperativas y demás (Barcelona)”16

En el otoño las diferencias entre ambas tendencias se fueron de alguna forma extremando, complicándose además con el debate sobre el movimiento punk. La editorial de Ajoblanco del número de octubre, titulada de manera significativa “Construimos”, es elocuente: “(…) No partimos de cero. Llevamos toda la carga de una cultura frustrante, unas instituciones autoritarias y una edu-castración. Estamos mal informados. Pero ha llegado la hora de construir comunas, de romper los viejos tabús sexuales, de abandonar la ciudad o reconvertir decididamente los barrios, de hacer arte sin comercio, teatro o fiesta cuando sea necesario. Ha llegado la hora de no comprar en comercios y crear cooperativas en conexión con las comunas rurales (pueblos) y las comunas urbanas (barrios). De ocupar todo aquello que nos pertenece. De construir emisoras privadas que transmitan nuestra vida. No compres la prensa burguesa. Olvidémonos de los juegos parlamentarios. Llega el momento de no mandar a nuestros hijos a las escuelas. De no casarnos jamás. De vivir con ritmo de nuestra propia música, olvidando los mitos de entonces: “Mick Jagger, Bob Dylan, la Baez, el Durruti…” y aprender de la frustración americana para no repetir errores.” (subrayado nuestro)

No habría que exagerar tampoco el alcance y la seriedad de estas intenciones, que en muchos casos carecían de la suficiente maduración, pero no hay duda de que suponían un nuevo llamado, un integorrante sincero para la juventud del momento. El desencuentro entre lo que podía representar Star y Ajoblanco parecía definitivo. Hay que decir que durante un par de años, hasta su desaparición, Star continuó siendo una revista de calidad, con garra, con textos de interés. Imprescindible para saber que es lo que estaba ocurriendo en los sótanos de la cultura juvenil y no tan juvenil. Desde luego, se anunciaba lo moderno. De alguna forma Star preparó en su última época el ambiente que de manera inmediata daría lugar a la movida, trasladándose la escena a la Corte y Villa. Hacia 1980, Star dejó de existir, tal vez por cansancio de su director o por falta de solvencia financiera del proyecto. De alguna forma, había ido cavando su propia tumba. Poco importa, pasaría a la historia como la revista underground más reconocible de entonces.

En cuanto a Ajoblanco, su trayectoria siguió un curso paralelo a la de la renovación libertaria, hundiéndose como colectivo a principios de 1979, debido a disputas internas sobre las que aquí no podemos extendernos. Aunque continuó después durante un tiempo, la revista había perdido ese espíritu utópico colectivo que la animó durante varios años. La debacle de Ajoblanco coincide, y no es por azar, con la debacle de CNT hacia 1979 y, en general, con el fin de una esperanza de poder cambiar las cosas desde abajo. Pero su aventura constituye hoy una valiosa pista para retomar el hilo de una tradición radical.

Gonzalo escribe en su libro, página 374, volumen tercero: “Se acababa así con un período sepultado bajo la losa del desentendimiento oficial, que a fecha de hoy continúa silenciando en Cataluña todo resquicio de pasado libertario”.

Pero aquí hemos querido justamente trazar el itinerario de ese pasado libertario. Lo que el libro de Gonzalo no cuenta es que la contracultura en España pudo mutar en los setenta en un movimiento de tipo popular y solidario, ácrata, que él mismo evoca, con experiencias como la comunidad de La Floresta, a partir de una crítica de la contracultura ya realizada por una publicación como Ajoblanco. La evolución de esta revista es en cierto modo paralela a la que pudo experimentar una revista contracultural como Fifth Estate, en Detroit. En realidad, no está lejos de la misma evolución de algunos provos como Van Duyn, o algunos diggers de San Francisco, que intentaron buscar en la ecología radical una continuidad posible para el legado contracultural. No es extraño que en países como Francia, Alemania, o en la misma España, la crítica de la sociedad industrial se convirtiera en una verdadera subversión de los códigos de la nueva dominación17.

Los años ochenta en España borraron la memoria de esa época y de sus tentativas más audaces. La historia oficial de la Transición, como hemos dicho, ha desdeñado todo lo que se hizo como cultura alternativa o contracultura porque no cuadraba con su bonito cuento de pactos y reconciliaciones. Para la derecha y para los conservadores la contracultura solo era un problema más de orden público, y para la izquierda, una extravagancia que había que eliminar de la foto.

Con estas notas hemos querido introducir un interrogante que está ausente en el libro de Jaime Gonzalo. La posibilidad de superar la contracultura, como hemos visto, fue ya planteada en los setenta en España. La creación de una sociedad organizada de manera libertaria era una continuación legítima del legado revolucionario de la contracultura. Ese fue el intento representado por Ajoblanco. Era, en ese sentido, una forma de ser fiel a la dimensión utópica expresada en los años sesenta. Tal vez esto lo comprendió pronto el movimiento punk cuando a su vez mutó en una extensa comunidad alternativa, centrada sobre la autosuficiencia, las comunas urbanas, la contrainformación e incluso la preocupación ecológica. El problema es que ya se habían perdido oportunidades valiosas. A partir de entonces la resistencia viviría en las catacumbas.

Quiero decir por último que no habiendo yo vivido esa época, mi recuento se basa prácticamente en las lecturas de documentos y revistas, lecturas realizadas ya en los años ochenta y a las que he vuelto para poder plantear esta discusión. Con esto quiero decir que no es imprescindible acudir a testimonios personales de la época para poder hacerse una idea de lo que ocurrió. El no haber vivido esa época nos priva evidentemente de una aproximación íntima a la complejidad de los hechos, pero a la vez nos otorga una perspectiva, la de la distancia y la mirada exterior, que los protagonistas por motivos obvios nunca podrán poseer.

La recreación de un momento del pasado, si se hace con sinceridad, añade a ese pasado antes que algo no existía pero que puede revelar nuevos significados. Ese ha sido mi intento.

José Ardillo

1Ver “Breve historia del underground madrileño” de Mariano Antolín Rato, que se publicó en Cuadernos del Norte, allá por el 88.

2Colección de poesía Hiperión, 1981.

3El poeta Oroza estaría en el origen, junto con Victoria Paniagua y Víctor Zalbidea, de Tropos, una revista olvidada que nunca aparece en las historias locales sobre la contracultura. No obstante Tropos, desde Madrid, entre 1969 y 1972, anticipó temáticas propias de la contracultura (Reich, Burroughs, literatura experimental, alquimia, etc.)

4 Psicodelia, hippies y underground en España (1965-1980) Pepe García Lloret, Zona de Obras, 2006.

5No olvidemos que en 1975, Ajoblanco dedicó un dossier a Andy Warhol.

6Como mucho, Ozono.

7Ver el prólogo que escribe, “Cultura marginal”, para la antología de comic underground hispano editada por Star.

8Ver por ejemplo la pequeña nota que publicó en Triunfo, 10-01-1976 Eduardo Haro Ibars, “El folklore del underground” donde el escritor lamentaba los intentos académicos de encerrar a la contracultura en exhaustivos estudios como el de Mario Maffi. Ver también la reseña que escribió Valentín Terrazas sobre el libro de Fernanda Pivano, Beat, hippie, yippie (Ed. Júcar) para Disco Exprés (n.º 333, julio 1975). Terrazas solía hacer críticas de libros contraculturales para esta revista. En su reseña, muy crítica, Terrazas decía: “Siento resultar negativo, pesimista y hasta cansado. Pero es que, antes o después, te cansa la conciencia de que tanto libro sobre la contracultura yanquee, la contracultura británica, la nórdica, está retrasando la nuestra.”

9El texto contenía una alusión al que Santi Soler había publicado en el dossier sobre anarquismo del número 2 de Viejo Topo.

10En una nota de prensa de El País (19-02-1977)el periodista Angel Harguindey recapitulaba: “Uno de los comentarios críticos más extendidos sobre el giro de Ajoblanco, tras la suspensión gubernativa de cuatro meses -de julio a octubre de 1976-, fue el de trasladar su línea desde una concepción eminentemente contra-cultural hacia unos derroteros más anarquistas, en su acepción más tradicional del concepto.”

11Vigil, en aquel programa, se pronunciaba en el sentido de desear que hubiera por fin contracultura en España. Luis Vigil, uno de los fundadores de la legendaria revista de ciencia ficción Nueva Dimensión fue uno de los primeros en publicar textos sobre la contracultura y el comic underground. Su desideratum no estaba lejos del citado Terrazas.

12En alusión a la sala de conciertos Zeleste, antro por antonomasia del underground laietano.

13En ese texto se pretendía mostrar el giro místico de Ginsberg como una novedad, ¡en 1977! cuando Ginsberg ya había empezado su iniciación místico-budista a principios de la década anterior.

14Recordemos también aquella canción de años antes de las Madres del Cordero, “Canción- producto”, que insistía en la misma cuestión. La canción underground no dejaba de ser un producto que había que vender…

15Pienso también en una novela como A veces un gran impulso de Ken Kesey, escrita por la misma época. Un ejemplo de ese admirable y fecundo invidualismo norteamericano.

16Para entonces Malvido había rectificado la dureza de sus opiniones lanzadas sobre Ajoblanco. Para su proyecto Tricoco, ver también el Star n.º 32.

17Gonzalo gasta muchas páginas en hablar de autores como Gramsci o Debord, que poco o nada tuvieron que ver con la contracultura, pero en lugar de ello, apenas habla de Paul Goodman, Mumford, Bookchin, Colin Ward y de la línea kropotkiniana. En realidad, fueron autores como Kropotkin o Thoreau, los que estarían en el fondo de la filosofía libertaria, ecologista, descentralizadora, que guió la segunda fase la contracultura en los años setenta. Sin olvidar a Ivan Illich, cuyas obras sentaron las bases para comprender el concepto de sociedad autónoma y autosuficiente que inspiró el movimiento de comunas campestres, urbanas, educación libre, etc.

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