Cultura Libertaria

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publicación anarquista

Albert Camus, un hombre en tiempos oscuros

Por Laura Vicente

Fue Hannah Arendt la que acuñó el término “hombres en tiempos oscuros” para referirse a los hombres (y mujeres) en desacuerdo con su tiempo y con su emplazamiento. Camus fue uno de esos hombres porque durante su vida fue un incomprendido, quizás debido a que a veces entendió mucho mejor que sus contemporáneos lo que estaba sucediendo a su alrededor[1].

Este fragmento en el que define al hombre (mujer) rebelde es muy revelador de su pensamiento y una fuente de inspiración para todas aquellas personas que pensamos que la rebeldía es consustancial al ser humano:

¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato. (…) este no afirma la existencia de una frontera. Así el movimiento de rebeldía se apoya, al mismo tiempo, en la negación categórica de una intrusión juzgada intolerable y en la certeza confusa de un derecho justo[2].

Este “hombre en tiempos oscuros”, este rebelde que se convirtió en alguien incomprendido, criticado y desplazado del mundillo intelectual al que había pertenecido, planteó algunas cuestiones que siguen siendo, hoy, plenamente actuales y que Tony Judt ayuda a hacer más comprensibles.

 

I-Ataque a las ilusiones revolucionarias y la violencia que conllevan

En El hombre rebelde (1951) Camus expuso observaciones sobre los peligros de las líricas ilusiones revolucionarias. Camus dio la vuelta a la convencional defensa del terror revolucionario entonces en boga, puso en cuestión la revolución (incluida la Revolución Francesa) por los costes del terror y de la violencia que implicaba. Camus era muy contundente en su condena ética del regicidio, el terror o la tortura, su uso descalifica a cualquier régimen o teorías que utilicen dichos medios, sea cual sea la historia que cuenten de ellos mismos y cualquiera que sea la Utopía que prometan en el futuro. La condena de la pena de muerte o la violencia de los regímenes fascistas tiene el mismo efecto descalificador sobre las acciones y regímenes de la revolución y de sus hijos[3].

La libertad (…) figura al principio de todas las revoluciones. Sin ella, la justicia parece inimaginable a los rebeldes. Sin embargo, llega un tiempo en que la justicia exige la suspensión de la libertad. El terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución. Cada rebeldía es nostalgia de inocencia y llamada hacia el ser. Pero la nostalgia toma un día las armas y asume la culpabilidad total, o sea el crimen y la violencia[4].

Camus desarrolló un ataque directo contra los mitos revolucionarios que eran el sostén del pensamiento radical contemporáneo. Consideraba que el socialismo presuponía la creencia en ideas eternas y el revolucionario como creyente, se sometía a la humanidad (o a la historia) que no es mejor que someterse a dios[5].

En El hombre rebelde Camus atacaba el “historicismo” de sus contemporáneos –su invocación de la “Historia” para justificar sus compromisos públicos y su indiferencia ante los costes humanos de las decisiones políticas radicales- y consideraba que se producía una especie de “divinización” de la historia, convirtiéndola en un sucedáneo de la religión. De hecho Camus afirmaba que el socialismo no era más que un cristianismo degenerado que mantenía la creencia en la finalidad de la historia, en unos fines ideales. De esta manera la historia acababa significando premio y castigo (nace el mesianismo colectivista) y convirtiéndose en una doctrina moral[6].

La fuerza central del punto de vista de Camus era la contundencia con la que señaló queel problema de la violencia totalitaria era el dilema moral y político de nuestro tiempo (incluida la que existía en la URSS y sus satélites).

Los cadalsos aparecen como los altares de la religión y la injusticia. La nueva fe no puede tolerarlos. Pero llega un momento en que la fe, si se hace dogmática, erige sus propios altares y exige la adoración incondicional. Entonces vuelven a aparecer los cadalsos y a pesar de los altares, la libertad, los juramentos y las fiestas de la Razón, las misas de la nueva fe habrán de celebrarse en la sangre[7].

Esta condena de la violencia revolucionaria fue criticada duramente por Sartre acusándola despectivamente de  moralizante.

II-El rechazo a los compromisos políticos

Camus fue un inconformista desde el principio, tuvo aversión a las posturas políticas públicas. Buena parte de la animosidad hacia él, incluso tras su muerte, derivaba de su negativa a admitir que el lugar adecuado y necesario para el artista-intelectual estaba en la calle. Los comunistas, aparte de su antiestalinismo, le recriminaban esta actitud de no compartir “posiciones” políticas[8].

El hombre rebelde, marcó su larga retirada del compromiso político, era la fórmula que él consideró adecuada para mantenerse fiel a sí mismo. La publicación de este libro fue el momento en que la relación de Camus con su mundo se desplazó definitivamente, cuando pasó de ser “uno de los nuestros” a ser un “intruso”[9].

Camus no era un hombre político, era, por instinto y por temperamento, una persona no afiliada, y los encantos del compromiso, que tan fuerte fascinación ejercían en sus contemporáneos franceses, tenían poco atractivo para él. Sus contemporáneos no aceptaban la falta de mensaje político explícito de su obra. Sin embargo, ¿no es esto un mensaje político de otro tipo?:

(…) aprender a vivir y a morir, y, para ser hombre, rehusar ser dios.

Nosotros elegiremos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida, la generosidad del hombre que sabe. En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primero y nuestro último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros, la justicia vive. Entonces nace la alegría extraña que ayuda a vivir y a morir y que nosotros rechazamos en adelante aplazar para más tarde[10].

Su particular postura y su característico desplazamiento desde el compromiso a la distancia, desde una fácil (y habitualmente popular) convicción a un sentimiento de incomodidad y ambivalencia, con la correspondiente pérdida de favor público, se reflejó en tres ejemplos[11]:

1-La revancha, purga y depuración tras el fin de la II GM.

2-La posición ante el comunismo  y la posición ante el mundo bipolar: oeste capitalista/este comunista.

3-El conflicto argelino.

III- Reflexiones sobre el comportamiento humano

Para Camus lo más interesante de la experiencia de la gente durante la guerra no fue la simple división binaria del comportamiento humano en “colaboración” o “resistencia” (y eso que su expediente a este respecto era bastante mejor que el de sus críticos), sino la infinita gama de compromisos y rechazos que constituyeron el asunto de la supervivencia; la “zona gris”, en la que los dilemas y responsabilidades morales fueron sustituidos por egoísmos y un cuidadosamente calculado fallo en ver qué cosas era demasiado doloroso contemplar[12].

La obra de Camus se anticipó a la obra de Arendt sobre la “banalidad del mal”. En situaciones extremas las personas rara vez se encontraban ante simples y cómodas categorías del bien y del mal, culpable e inocente. Asignar responsabilidades no siempre era sencillo. En el mejor de los casos, las etiquetas y pasiones políticas simplificaban y hacían tosca y parcial la comprensión del comportamiento humano y sus motivos. En el peor contribuían obstinadamente a los males que con tanta confianza pretendían abordar.

IV- La responsabilidad intelectual

Para Camus la responsabilidad intelectual no consistía en tomar una postura sino en negarse a compartir una que no se tenía. En esas circunstancias, el silencio parecía ser la expresión más adecuada de sus sentimientos más profundos.

Camus era un moralista entendido de forma no peyorativa ni pedante, un moralista en Francia era un hombre cuyo distanciamiento del mundo de la influencia o del poder le permite reflexionar desinteresadamente sobre la condición humana, sus ironías y verdades, de un modo que le otorga (…) una especial autoridad.

(…) en Francia, un moralista era alguien que decía la verdad.Ser un moralista era llevar una vida intranquila. Y provocar incomodidad en otros[13].

El hombre rebelde afirmaba que no había una sola verdad sino muchas, y no todas ellas eran accesibles[14]. En lugar de la razón invocaba la responsabilidad, una ética de la responsabilidad frente a una ética de la convicción, se diferenciaba de Weber o Aron; él iba más en la línea de Isaiah Berlin en el sentido de que la vida y el pensamiento consistían en diversos tipos de verdades y que estas podían no ser acordes entre sí.

La lógica del rebelde es querer servir a la justicia para no aumentar la injusticia de su condición, esforzarse en el lenguaje claro para no espesar la mentira universal y apostar, frente al dolor de los hombres, por la felicidad[15].
¿El fin justifica los medios? Es posible. Pero ¿quién justificará el fin? A esta pregunta, que el pensamiento histórico deja pendiente, contesta la rebeldía: los medios[16].

Camus se sintió siempre incómodo con la simple idea del poder. Su desconfianza del poder en todas sus formas fue lo que le condujo a la crítica de la revolución como un abuso del saludable impulso humano para rebelarse[17]. Camus insistió mucho en ese impulso a la rebelión para contrastar el término con “revolución” poniendo de manifiesto un planteamiento anarquista al que Camus estaba ocasionalmente dispuesto[18], ya que  aceptaba la saludable herencia del colectivismo libertario[19].

Mientras que la historia, incluso colectiva, de un movimiento de rebeldía es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete ni sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto a partir de una idea, para dar forma al mundo en un marco teórico.Los anarquistas (…) vieron muy bien que gobierno y revolución son incompatibles[20].

Camus, un “hombre en tiempos oscuros”, cuyo pensamiento cobra actualidad por encima de muchos “revolucionarios” de otras épocas que van quedando en el olvido.

[1] Esta reflexión se basa en la lectura de dos libros, el de Albert Camus (1951): El hombre rebelde. Alianza, 2015, Madrid; y el libro de Tony Judt (2013): El peso de la responsabilidad. Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés. Taurus, Madrid.

[2] Albert Camus (1951): 27-28.

[3] Tony Judt (2013): 142.

[4] Albert Camus (1951): 153.

[5] Albert Camus (1951): 96-97.

[6] Albert Camus (1951): 105.

[7] Albert Camus (1951): 169.

[8] Tony Judt (2013): 138-139.

[9] Tony Judt (2013): 140.

[10] Albert Camus (1951): 421.

[11] Tony Judt (2013): 158-178.

[12] Tony Judt (2013): 157.

[13] Tony Judt (2013): 178-179.

[14] Tony Judt (2013): 182.

[15] Albert Camus (1951): 393.

[16] Albert Camus (1951): 402.

[17] Tony Judt (2013): 186-187.

[18] Para Tony Judt esta tendencia al anarquismo tenía un carácter sentimental y lo considera como un punto débil del planteamiento de Camus. Tony Judt (2013): 143.

[19] Tony Judt (2013): 193.

[20] Albert Camus (1951): 155.

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