Cultura Libertaria

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publicación anarquista

¿Pero hubo literatura libertaria en España?

Juan Pablo Calero Delso

JuanPablo-revista_blancaCuando se habla y escribe sobre el movimiento libertario en la España de la Restauración y la Segunda República se insiste en su vertiente sindical o en su acción violenta, según los intereses y simpatías de unos y otros. Pero no suele prestarse tanta atención al motivo por el que, a pesar de la durísima represión sufrida por todos los anarquistas a causa de las acciones violentas de unos pocos, el anarquismo obrerista gozó de un respaldo tan amplio y prolongado que nada ni nadie lo pudo erosionar a lo largo de más de medio siglo.

La causa no pudo ser otra que el amplio entramado social específicamente obrerista y libertario que servía de refugio seguro en los períodos de represión y clandestinidad y de privilegiado altavoz en las etapas de libertad y tolerancia. Los obreros y campesinos en general, y los anarquistas en particular, construyeron y preservaron sus propios espacios de sociabilidad, en los que los trabajadores y sus familias satisfacían muchas de sus necesidades y disfrutaban de todas sus aficiones.

La literatura era parte imprescindible de esa sociabilidad, como entretenimiento y como escuela de formación: bibliotecas, grupos teatrales… Fernando Tarrida del Mármol escribía a finales del siglo XIX al semanario anarquista parisino La Révolte: “No debemos olvidar que la mayoría de los proletarios está obligada a trabajar un número excesivo de horas, que se encuentra en la mayor miseria y que, por consecuencia, no puede comprar libros de Buchner, Darwin, Spencer, Lombroso, Max Nordau, etc., de los cuales apenas si conoce los nombres. Y si aún el proletario pudiese procurarse libros, carece de estudios preparatorios de física, química, historia natural y matemáticas necesarios para comprender bien lo que se lee, tampoco tiene tiempo para estudiar con método ni su cerebro está lo bastante ejercitado para poder asimilar bien estos estudios”. Así pues, la literatura era, aún más que la filosofía o la sociología, un medio imprescindible para la divulgación del pensamiento ácrata.

Este valor de la literatura como vehículo de difusión era también reconocido por la burguesía hostil a la emancipación proletaria. En el diario ABC correspondiente al 17 de junio de 1931, recién proclamada la República, se publicaba un significativo artículo de Julio Camba, que ya había dado el paso de las barricadas anarquistas a la gastronomía, que era toda una declaración de intenciones de las clases privilegiadas: “El analfabetismo, como causa de atraso y de barbarie, es una superstición de nuestras izquierdas. Hay que leer, se dice; pero ¿qué es lo que hay que leer?, preguntaría yo. Para mí este punto es de una importancia capital, y mientras alguien no me lo aclare de un modo satisfactorio votaré por el analfabetismo”.

Porque los obreros anarquistas leían su propia literatura; y si bien algunos autores eran compartidos con los lectores burgueses, otros sólo eran leídos en los círculos proletarios. Así, por ejemplo, Eduard Douwes Dekker fue un escritor holandés que se hizo famoso oculto bajo el seudónimo de Multatuli, que podemos traducir del latín como “el que mucho ha sufrido”, un alias que resume acertadamente una obra literaria de crudo realismo. En 1860 publicó Max Hávelaar una novela rechazada en su país de origen pero que conoció una extraordinaria difusión entre los anarquistas españoles, que siguieron editando sus textos en su exilio francés.

Otros escritores eran leídos por un público heterogéneo pero gustaban especialmente a los obreros libertarios. En El Imparcial del 28 de noviembre de 1904 se podía leer a Ramiro de Maeztu, hasta poco antes activo militante anarquista pero ya en tránsito hacia el nacionalismo español más rancio y autoritario, que decía: “Dos grandes literaturas modernas, una por salvajismo, otra por agotamiento, la rusa y la francesa, se hallan en aquel caso [de ser obras literarias tocadas de principios anarquistas]. Ya por las ideas que descubren, ya por el temperamento de los autores, los libros de Tolstoi, de Turgueneff, de Dostoyeski, de Zola, de Maupassant, de Anatole France, de Octave Mirbeau, etc., que en copiosas ediciones se propagan por nuestro pueblo, sugieren conclusiones anarquistas”.

Una opinión que compartía Azorín, otro anarquista juvenil muy pronto transformado en prudente conservador, que en La Tribuna de Barcelona el 28 de diciembre de 1906 escribía: “En Francia, la más brillante juventud intelectual simpatiza con la nueva filosofía [el socialismo anarquista]. ¿Quién no conoce los nombres de Octave Mirbeau y Paul Adam –antiguos redactores de L’Endehors– de Lucien Descaves y Bernard Lazare, de Adolf Retté –el poeta de la anarquía- y de Hamon?”.

¿Y en España? Cabe suponer que si escritores como Ramiro de Maeztu o Azorín encontraban un inequívoco aroma libertario en autores tan destacados de la literatura rusa o francesa, un país como el nuestro, en el que los anarquistas eran tan numerosos, bien podía aportar una nutrida relación de novelistas, poetas y dramaturgos inspirados por el ideario ácrata. Pero si repasamos los nombres más populares, y aún los menos conocidos, de la llamada Edad de Plata de la cultura española, no tropezaremos con ningún literato anarquista, más allá de las veleidades juveniles de los ya citados Maeztu, Azorín o Julio Camba. Un investigador con la erudición de Andrés Trapiello prácticamente solo cita en su libro Las armas y las letras a Rosa Chacel, cuyas ideas dice que eran “de naturaleza anarquista y cristiana”.

Pero, entonces, ¿qué literatura española leían los anarquista españoles?, ¿sólo las breves novelas, publicadas en distintas colecciones semanales, con las que hacían sus pinitos literarios tantos y tantos anarquistas y compañeros de viaje?

Lecturas recomendadas

maxhavelaarMax Hávelaar o Las subastas del café de la Compañía Comercial Holandesa, de Multatuli, publicada originalmente en neerlandés en 1860 y que fue reeditada en 2009 por Los libros de la Frontera con traducción, introducción y notas del libertario Francisco Carrasquer. Es una descarnada y precoz crítica del colonialismo europeo.
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lacatedralLa Catedral, de Vicente Blasco Ibáñez, que ha conocido numerosas reediciones desde que salió de imprenta en 1903. Para mí, la mejor de sus novelas sociales, muy por encima del costumbrismo valencianista con que fue recuperado por el tardofranquismo. Un escritor de inequívoco compromiso político y el más universal de los literatos españoles del primer tercio del siglo XX.


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La
Antología de Rafael Barret, editada en diciembre de 2012 por Ediciones Tantín de Santander, que también ha publicado su obra completa en dos tomos. Rafael Barret es un escritor injustamente postergado; su compromiso libertario, imposible de eludir, y sus años en América del Sur, tan agitados, han oscurecido su obra en España. Jorge Luis Borges o Augusto Roa Bastos reconocieron su deuda con él.
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Alguna de las obras más recientemente reeditadas de Antonio de Hoyos y Vinent, un aristócrata que llevó su compromiso anarquista hasta sus últimas consecuencias y que representa la bohemia literaria de su tiempo, junto con otros autores filoanarquistas como Alejandro Sawa (el Max Estrella de Luces de Bohemia) o Ubaldo Romero de Quiñones.

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