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Ascaso y Zaragoza, dos pérdidas : la pérdida
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Francisco Carrascquer

En la historia deberían estar todos los que han sido. Sin embargo, suele ser una disciplina solitaria y fría. Da la impresión de que todos los personajes de la historia van a la búsqueda de un autor, de dios, el poder y todos sus rostros... históricos. Y poco más, que, precisamente, resulta y sabe a poco.

Se quejaba Bertolt Brecht de que no se hablara del cocinero de César. Lenin dijo que una cocinera podría gobernar, pero luego, ya en el poder, entre él y Trostky lo cocinaron todo. Los historiadores, al interpretar y reconstruir, suelen cerrar lo ocurrido para así asimilarlo al discurso global de la realidad como una etapa, una lápida con su identidad: “Aquí yace...” y sic transit gloria mundi. Porque, finalmente, seguimos siendo, como se quejaba Epicuro, “esclavos del destino”. Antes lo éramos de las voluntades de los dioses, ahora, en el ahora del filósofo del Jardín, “del de los físicos”, el cual “entraña una inexorable necesidad”. Marx, que le dedicó su tesis doctoral, no pareció compartir la crítica aseveración del viejo maestro, y se dedicó a sustituir las Sagradas Escrituras por las Científicas. Y de nuevo a quemar etapas determinadas con inexorable necesidad. Los destinos, sean religiosos o científicos, niegan el vivir creativo, por donde acaba resultando que la libertad debe enfrentarse contra el futuro determinado y ya comprendido de antemano en el conocimiento del pasado.

De modo que es de agradecer un ensayo como el presente en el que se polemiza y discute con y contra los hechos. En efecto, al socaire de los datos que han conformado la realidad, y de los que la realidad hecha ya ciencia histórica ha conformado, va el autor subvirtiendo lo que fue y jugando con las posibilidades de lo que pudo haber sido. ¿Para qué? Pues para desmentir al destino, liberar lo real, abriéndolo a lo posible, al deseo, y restituir el azar: la bala que mató a Francisco Ascaso cuando éste luchaba contra el cuartel de Atarazanas el 20 de julio del 36. Un hecho que es por sí mismo un símbolo: el sueño luchando a muerte contra el cuartel. Siquiera por una vez y a despecho de la Historia la vida estuvo por aquel entonces en las manos sin amo de sus protagonistas, y por eso cabe emitir juicios, dar la vuelta a los hechos... y a ello se lanza Francisco Carrasquer con bravura polémica y pertrechado de municiones literarias, psicológicas, filosóficas, antropológicas y de toda índole, separando y conectando interpretaciones y vislumbres, en la mejor tradición del género ensayístico.

Lo que hizo el pueblo español —en sintonía con el autor, habría que decir los pueblos hispánicos, así, en plural—, desafiar al destino, a los césares y tribunos, y a los propios héroes que temieron o no comprendieron la significación de lo que estaba ocurriendo, adquirió un cariz eminentemente trágico. La propuesta de García Oliver de ir a por el todo, tras haber derrotado ¡por fin! al ejército y recibir formalmente la disolución del Estado a manos de Companys, no triunfó ante la oposición de otras figuras destacadas del anarcosindicalismo del momento, tales como Santillán o Montseny, con el silencio otorgador de Durruti. Ahí es donde se sitúa y lamenta Carrasquer la ausencia de Ascaso, que encarnaba la figura del héroe de temple y decisión que hubiera podido en vida lo que con su muerte a lo Patroclo no logró: despertar la cólera revolucionaria de Durruti, que tal vez por ello, apunta Carrasquer, se quedó en casi héroe. Un “casi” que es el nombre que reiteradamente adquiere la fatalidad histórica de España, según se queja el autor cargado de razones. La famosa frase “Renunciamos a todo menos a la victoria” de Durruti, que tanta polémica despertó y que según Peirats no llegó ni a pronunciar, debiera haber sido “a todo menos a la revolución”, y entonces se hubiera tomado Zaragoza y con ella buena parte del Norte y... el sueño hubiera continuado. Pero los libertarios se traicionaron a ellos mismos y se convirtieron en tropa en lugar de ser guerrilleros, y aceptaron ministerios... y en lugar de ir a por todo fueron a por casi nada, con el agravante de ni siquiera recibir el agradecimiento de aquellos o quienes volvieron a poner en el poder. La revolución acabó siendo un destino trágico y, además, absurdo.

Francisco Carrasquer “nos debía” un ensayo como este. Testigo de aquellos hechos, ya en las barricadas de Barcelona de julio del 36 —de cuyas vivencias nos ofrece un excelente y conmovedor relato—, así como enrolado después en la Columna Durruti durante los tres años de la guerra, aporta a sus reflexiones el testimonio de sus experiencias e intenta situar en el contexto histórico lo ocurrido, a la vez que nos abre y proyecta a las resonancias significativas de aquellos tiempos. Ahora que se encamina con paso decidido a por los noventa años, nos deslumbra con su ánimo polémico y su magisterio, y nos enseña, entre todas las variopintas lecciones, que apunta en el presente texto, a tener confianza en el pueblo, a condición, claro, de que éste sepa dejar de ser masa. Precisamente la condena con la que la historia le ha castigado, como a Sísifo, por desafiar su destino.

Ignacio de Llorens (Reproducción del Prólogo.).

Alcavarán Ediciones, Zaragoza 2003
180 págs. Rústica il. 21x15 cm
ISBN 978-84-95222-06-0

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